Hace unos días leí una noticia que decía, que una compañía de supermercados de los Países Bajos lanzo, hace tiempo, una iniciativa llamada «cajas de conversación» para combatir la soledad de sus clientes. Una iniciativa que ha cuajado, y mucho, entre sus clientes, especialmente los de más edad. Hablamos de Kletskassa o cajas ‘parlanchinas’. Dicha iniciativa no tiene otra finalidad que humanizar la relación con el cliente y, muy especialmente, intentar paliar la soledad que sufre una parte del colectivo más veterano. La iniciativa no era otra que destinar cajas de cobro donde los dependientes dedicaban un tiempo a ‘charlar’ con los clientes y combatir la soledad.

Una iniciativa admirable, pero que no tiene nada que envidiar a nuestro comercio local y de proximidad. Porque si algo sabe nuestro comercio local es poner la alfombra roja al cliente, aportando “el alma” y la pasión presencial como motor de las relaciones humanas. El “toque humano presencial” en forma de sonrisa, de calor humano, para con ello compensar parte del enfriamiento en la comunicación que ha traído a la digitalización al comercio.
Ahora se habla de humanizar el comercio, cuando hay un comercio que nunca se ha deshumanizado, el comercio local, de proximidad, ese comercio donde las relaciones humanas van más allá de una conversación para poder cerrar la venta o unos buenos días en una caja de pago. Un comercio donde los comerciantes conocen a los vecinos y forman parte del barrio, se saben el nombre de sus clientes, de sus familiares, saben sus profesiones, etc., donde se empatiza en las alegrías y en los problemas personales porque se conocen. Donde se confía simplemente por saber el nombre del cliente y por la nobleza de una mirada entre el cliente y el comerciante. Un comercio de proximidad, de amabilidad, de trato personalizado, diferenciador, donde la calidad de los productos, flexibilidad, empatía y confianza son solo algunas de las principales ventajas y valores.
Love Comercio Local
Ramón Prous Zaragoza

