Yo no sabía que nuesto vecino pueblo de «Lillo» estuviese tan cerca y, para mí quedase tan lejos. (Me ha pasado también en la vida con la felicidad, la amistad, el amor, etc.).
A mi edad sabía que la noche es joven, pero Ceniciento va cumpliendo años y al acercarse las 12 va dejándose cada vez más cosas con el zapatito. Imaginaros lo que uno se deja a las 7 de la mañana. Andaba yo cual mozo viejo cerrando la sede de la peña e iniciando un peregrinaje entre el crepúsculo de la noche y el alba del nuevo día. Doy fe que dos jóvenes mozas me acompañaban convencidas de mi nula malicia y mi gran interés por terminar regalándole a nuestros estómagos las mejores viandas que a esa hora encontrásemos en el pueblo. Sabíamos nuestro destino, nuestra meta, ese punto de reposo en una noche como es, el bar “El Pocero”.
Cual aparición en mitad de camino nos encontramos a un joven mozo, que resultó ser de Lillo, llamado Marcelino. Despistado estaba, pues acababa de rechazar la oferta de subirse a un autobús lleno de mujeres de La Puebla de Montalbán, en despedida de soltera y que andaban por estos lugares buscando la juerga que sus nobles y jóvenes cuerpos, todavía eran capaces de soportar. No puedo dudar que la decisión de mi nuevo amigo fue la correcta, por no dejarse despachar por semejante jauría de vuelta a su localidad, por acompañarnos y por las buenas horas que pasamos juntos desde ese momento. ¡Qué gran gente la de Lillo que comparte nuestras fiestas con nosotros!
Entré en el bar acompañado por las dos jóvenes y por “El Ruiseñor Furtivo”, mi nuevo amigo. Allí estaba, en una esquina, el Sacapalabras, bebiendo a gañote una copa de “Tetracloruro de Estaño” y comiéndose una tapa de “Estiracuellos” (Bacalao, ajo y guindilla). Tenía una cara sin historia y sin problemas. En la otra esquina inundados de vino, competían como lobos hambrientos “los cuatro evangelistas” (AbrazaTuercas, Mojapan, el Tragasables y el Averiao). Era Mojapan, con más tiros recibidos que la tablilla de un coto, el que decía; “¿Y cómo era Chinchón? La pura Edad Media, con la mula, la borrica, las gallinas. Yo he ido a cagar al corral con un candil de aceite. Pero siempre había un cacho pan para llevarte a la boca”.
Nada más sentarnos Marcelino me dijo; Ramón a veces el éxito simplemente esta en haberlo intentado, además, Dios castiga a quien desaprovecha las oportunidades. A lo que conteste; yo quiero ir de “Erasmus” a Lillo. Allí estábamos los dos pichones con las dos jóvenes palomas. Para iniciar el rito del gallo y la gallina, me dispuse velozmente a pedir una fuente de alitas de pollo fritas, y una botella de vino, obviando que yo ya llevaba la cresta caída. Marcelino procedió a iniciar el ritual de su cortejo pasando a preguntarles a las jóvenes; ¿Cuándo fue la última vez que hicisteis algo por primera vez? Ante el estupor de una de las jóvenes, el Truhan quiso salir ileso de la contienda y le dijo; «no me mires así, porque el corazón me cruje como la piel de un cordero en un horno de leña».
Las dos jóvenes rompían nuestro confort sentimental, una de ellas que debería estar doctorada en alguna lengua muerta, por lo poco que hablaba, solo se limitaba a abrir la boca para comer alitas y no paro hasta que echo a volar. La otra era una mujer con un sano apetito por la vida. Yo haciéndolas bricolaje emocional y, aprovechando mi atractivo sexual, entré como un tábano en el ritual de la erótica, diciéndolas; «Todos los recuerdos están coloreados con imágenes de los veranos de la niñez, de la adolescencia, de la madurez». La mirada de esta última hizo que cruzásemos trayectorias sospechosas, silenciosas. Ella con rostro de princesa en letargo, y yo con mirada de francotirador tuerto. Le abrasaba el deseo, por simpatía, como la pólvora al cartucho, le das al percutor y estalla. Existía complicidad entre víctima y verdugo, sin saber quién era cada cual. Pero logre sonrisas donde otros dejaron lágrimas. Además, ella se dio cuenta que siempre buscaba la persona perfecta y ahora encontró una persona que valía la pena.
Sin percatarme de las consecuencias, pase a ser un infractor reincidente, ante su mirada de osadía y provocadora. Viendo que su estómago emitía unos ruidos parecidos a los de un palomar una noche de verano, me lance a por otra fuente de alitas y más vino. En ese momento escuchamos a el “Sacapalabras” explicar lo que era el “Amor de tarifa plana”, y follar a “balón parado”. Fue Marcelino el que comento, que lo mejor de la vida no se planea, simplemente sucede. Y Utilizando su simpatía para neutralizar, se dirigía a ellas con una prosa amena, directa y a la vez de un lirismo sutil, diciéndolas; “Una vida aventurera, no exige necesariamente traspasar fronteras. Hay salidas al monte que pueden saciar las ansias de cualquier trotamundos”. Volvió a demostramos que el trovador no solo compone el texto, sino también la música.

La joven muda, levantándose para abandonarnos y explotando su elevado grado de timidez, le contesto; «Tendrás el papel que quieras en mi vida». Era el momento de amamantarse de ilusiones. Demostrándonos que, lo que está a la vista, no necesita candil, al igual que los que no llevan calzones, se le pelan los cojones. Volaron, como lo habían hecho en su día las alitas y unos minutos antes también de nuestros platos. Como la imaginación es el generador de nervios más potente y puñetero que se conoce, yo decidí convertirme en un monje Sholin hasta la proxima feria y esperar volver a verlas.
Viéndolas partir me puse a recitarles un poema de Gustavo Adolfo Bécquer; “Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a…”, siendo en ese instante interrumpido por mi nuevo amigo, preguntándome; «oye Ramón ¿Volverán también las de La Puebla de Montalbán?».
¡Marcelino no me jodas!
(Publicado en la revista de la feria de villacañas 2015 «la Camberga»)

