De todos era conocida su sonrisa, además de su capacidad de emprendimiento, creatividad e innovación. No en vano se pasó unos pocos años de su vida intentando inventar la farola que se apagase cuando pasase alguien que no había pagado los impuestos. Fueron sus amigos los que le premiaron por su contribución al ahorro energético, debido a sus pocas luces.

Era Fermín “el Bujía”. Así le llamaban porque de vez en cuando le hacía “perla” la cabeza y tenían que pasarle la lija para que volviese a arrancar.

Como ilusión e iniciativa no le faltaban, se lanzó con gallardía a prepararnos, en estos días de fiesta, lo que él llamaba “mojete”, aunque ninguno de los presentes viésemos pimientos, conejo, aceite, sal, agua, ni la cabeza de ajos, la cual, de haber estado, dispondría seguramente, de más conocimiento que él en ese momento.

Como ya había quedado claro que de la chistera no saldría el conejo para el guiso, con lo que si nos sorprendió no fue sólo con el poco fondo del recipiente para cocinar, sino que no se sabe de dónde, empezaron a aparecer productos locales y de la tierra manchega, tales como, gambas, mejillones, calamares, colorante y un saco con más granos que una manifestación de adolescentes.

Con la voz rota como “Joe Cocker”, pidió tranquilidad y paciencia, virtudes que poseen las personas con los objetivos claros, y mando callar al resto, que circulaban por el entorno del caldero como trenes de alta velocidad por vías muertas. Nos acababa de demostrar que la intuición no necesita de planes de negocio, y que prejuzgar no suele ser un buen aliado en la vida.

La frescura con la que cocinaba, contrastaba con el calor que recibía el caldero sobre el fuego, pero él continuaba en su laberinto gastronómico dándole tanto amor al puchero como a la vida. De repente cambiamos la preocupación por esperanza y decidimos ser compañeros peregrinos en su viaje iniciático a la gastronomía.

Percatados del final de lo que él llamaba “mojete” y el resto paella, concluyo el guiso. Fueron las “Vírgenes Suicidas” las primeras en lanzarse al caldero. Nos quedó la duda a los presentes si se pasaron el resto del día cantando el “Only You” debido al calor del guiso, o era una manifestación de su felicidad. Es entonces cuando uno se da cuenta que tiene que pasar a esa situación social en la que tiene que adoptar papeles de muy secundario, y a tener claro que uno de los principales secretos de aprender a vivir de manera positiva es saber interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor.

Pero lo que si nos demostró “El bujía”, es a vivir las cosas que nos pasan con una mirada más amable, dispuestos a “pillar” cualquier oportunidad que tengamos de sentir o provocar una sonrisa. Porque, aunque las cosas que nos pasan dejan poco espacio para la risa, debemos intentar enfocar la vida con más alegría y reírnos un poco más.

Por cierto…el arroz COJONUDO 🙂

Ramón Prous Zaragoza

(Publicado resvista fiestas Villacañas 2019 «La Camberga»).

El Mojete….