Recuerdo un día que fui a la pescadería y lo primero que escuche fue; “la cabeza me la arreglas y la cola me la partes en dos”. Dije, Ramón “Humo”.  No sé si fue mi primer fogonazo para pensar en hacerme vegetariano, o fue cuando me di cuenta que no se puede ser feliz comiendo sólo perdices.

Pero no os alarméis, porque un año más aquí estoy, zampándome un bocadillo de chorizo, para contar las aventuras y desventuras en el concierto, previo a la feria. Como siempre uno entra en el concierto con la ilusión de una noche para el recuerdo, tanto por la música, como por los amigos que espera ver después de un año. Toda una noche para cocción lenta, como la coliflor, y poder sacar de un evento tan sencillo, un caviar de recuerdos.

Pero todo se trastoca una vez dentro, arrinconado entre la barra y los buenos amigos, aferrado a los recuerdos de estos y a las virtudes curativas de las copas que a uno le invitan.

En un momento, escucho de no se sabe quién; “Dicen que cuando la luna tiene cerco, va a hacer frio”, y es agosto. Es en ese momento cuando uno pasa de la parte de filosofo a la de bufón, que todos tenemos, y me incorporo al bodegón humano que llena el recinto, donde el que no sabe cantar, se dedica a reír.

Ajusticiado por las miradas de los jóvenes y catalogado por dichas miradas, como mozo viejo, les reto en su osadía, sabiendo que la experiencia es algo que no se consigue gratis. Entonces, me lanzo con la libertad que da la ignorancia a conquistar “Tierras prohibidas” y utilizando, en mi misión secreta, como aliado el sentido del humor, me dispongo a cortejar a dos mujeres, no tan jóvenes, una acompañada por uno con pinta de discípulo de un maestro SHAOLIN. Y otra que parece no faltarle nada, ni siquiera un novio en Bruselas. Mi intención es invitar a esta última, pero con más dolor que una hernia estrangulada, admito que sea ella la que me invite. Retroalimentados por un gin tonic y tras un breve flirteo con la sensatez inicialmente y posteriormente superando todos los records de estupidez, uno se da cuenta que son malos tiempos para la lírica y el talento.

Después de haber gastado toda mi prosa en el cortejo y terminar hablando como si hubiera aspirado helio, la miro con entusiasmo amateur atrapado por su mirada magnética y benévola, pero curiosa. Inicio la liturgia de las tinieblas, enviándole un mensaje corporal claro, .…. ME CAIGO, como el tonto que lleva la bandera.

Ya sin darnos cuenta, llega la mañana con más rapidez que llega el plazo de una deuda bancaria. Apuntan los rayos del sol, la música ya es una mezcla de Jota con HIP_HOP. Llegado este momento la actividad intelectual está en estado de suspensión. Es entonces cuando no controlamos el punto de ebullición, la coliflor se ha pasado de “al-dente”, y en vez de sacarla de la olla y comenzar a elaborarla para convertirla en caviar, se nos pasa. Otra vez volvemos a las andadas.

Pero no debemos olvidar dos cosas; que uno es producto del lugar en el que nace y que somos el tiempo que nos queda.

(Publicado Agosto 2018 «La Chamberga», Revista de las Fiestas de Villacañas )

Caviar de Coliflor